¿Por qué los clásicos?
"Un clásico es un libro que no ha terminado nunca de decir lo que tiene que decir"
Italo Calvino, Por qué leer los Clásicos.
Cecilia Costa Alvarez
Grisel Adissi
Para quienes nos dedicamos a la Sociología resulta fundamental conocer el surgimiento de nuestra disciplina. Así, los “padres fundadores”, aquellos que legaron las primeras ideas cuya repercusión permitiría consolidar un campo de estudios confiriéndole legitimidad, constituyen para nosotros una referencia ineludible. Ahora bien ¿por qué utilizar este punto de partida en una materia optativa en la carrera de Comunicación? Puesto que no se trata de formar sociólogos, la decisión de introducir a la problematización sociológica a partir de la referencia a los autores clásicos, amerita explicitar sus fundamentos. En este artículo nos proponemos entonces señalar algunos aspectos que hacen a nuestra decisión de difundir a través de la Cátedra algunas obras fundamentales de Karl Marx, Emile Durkheim y Max Weber.
El recorrido propuesto no pretende ser exhaustivo, y deja fuera una riqueza de autores y obras que, aunque excediendo el acotado marco de los clásicos, es digna de una breve mención. Aunque no serán abordados en este texto, podemos nombrar por ejemplo –por recordar solamente algunos enfoques- la sensibilidad excepcional de George Simmel al captar agudamente las impresiones que deja en el espíritu la aventura de la vida urbana moderna. Su análisis permite articular el pesimismo que siente Weber ante el desencantamiento del mundo moderno frente al avance de la racionalización, con los productos que brotan de la vida enajenada en formas muertas como el dinero o en los productos la industria cultural. Desde otro campo teórico Guy Debord nos permitiría pensar -en un sentido similar al que lo harán también Walter Benjamín y Adorno desde la Escuela de Frankfurt-, en el carácter espectacular, de representación y falsedad de las imágenes y reflejos que crea la vida en las sociedades capitalistas modernas. Por otra parte, Antonio Gramsci o Pierre Bourdieu brindan invalorables herramientas para articular las miradas sobre los procesos culturales con los problemas del poder, la dominación, el lenguaje, el sentido común y la vida cotidiana. Estimamos la riqueza de enfoques como estos para abordar el análisis de los procesos culturales modernos y los procesos de comunicación de masas. Esta brevísima mención a algunos temas que pueden abordarse desde la Sociología apunta a ilustrar que estos círculos crecientes que se expanden por una variedad de autores y obras encuentran su centro disparador en los clásicos de la Sociología. Abordemos entonces este núcleo fundante de la disciplina, con el objetivo de poner en juego colectivamente algunas herramientas que aspiramos a que contribuyan a la formación de Comunicadores y Planificadores Sociales con conciencia crítica y compromiso social.
Algunos recursos que la lectura de los clásicos de la Sociología habilita a un comunicador social
En primer lugar, debemos partir de reconocer que la lectura de autores que han escrito en otros tiempos y otras latitudes implica una suerte de proceso de traducción. Esto, que a priori podría parecer una mera dificultad, posee un carácter ineludible de fortaleza. Y esto es porque leer a alguien que ha escrito en otro contexto demanda como primer paso elucidar cuáles son sus preocupaciones. Junto con éstas, conocer cuáles son los problemas que su época enfrenta, cuáles son las discusiones existentes al respecto, cómo son las instituciones en las que estos autores producen sus obras, con qué lecturas cuentan para realizar aquello, etcétera. Esta necesidad de contar con una serie de datos, además del propio texto, para comprender lo que leemos, es algo que sucede con cualquier lectura, pero que se pone de manifiesto de modo privilegiado con la distancia que existe entre aquello escrito y nuestro contexto particular. Aquello que cuando leemos a un contemporáneo podemos creer que no es necesario realizar, en este caso se impone con toda la fuerza de una necesidad.
Al presentar los clásicos, entonces, es una de nuestras pretensiones habilitar una lectura sociológica de los orígenes de la Sociología. Si bien parece paradojal, este movimiento repite un gesto fundamental de nuestra disciplina, como es el tender hacia una lectura crítica de los productos mediante el análisis de las condiciones bajo las que fueron producidos. A diferencia de otras disciplinas, que buscan en sus obras fundantes una verdad reveladora sobre la cual basarse aplicándola a casos concretos, la Sociología se constituye desacralizando los textos, discutiendo con ellos: comprendiéndolos como productos humanos y, por ende, histórico-sociales.
Así, para comprender los planteos de Marx, Durheim y Weber, resulta imprescindible situarse en el desarrollo vertiginoso del industrialismo europeo, durante la segunda mitad del siglo XIX. La explotación, la urbanización, la profesionalización, la racionalización, son todos procesos que llaman la atención por su novedad -o bien por el grado novedoso en que se hacen presentes-. Junto con lo anterior, el prestigio ascendente de las ciencias duras hace necesario tomar una postura ante esto: ¿nos interesa conocer una verdad sobre lo social? ¿o acaso la ciencia busca construir nociones que posibiliten un accionar en términos de tecnología política? ¿o, por el contrario, descreemos del carácter triunfal con el que se presenta este cientificismo? Además, en los contextos en que estos autores escriben, un contrapunto fundamental del diálogo teórico se da con las producciones provenientes del campo de la Filosofía -sea de filosofía política, económica, humanista, nihilista, etcétera-. Si contamos con más elementos, puede resultar por demás interesante rastrear las fuentes de cada autor: reconocer las huellas de Rosseau o de Adam Smith en Marx; las de Saussure, de Freud, o de Lévi-Strauss en Durkheim; las de Nietzsche en Weber.
De tal manera los clásicos nos presentan la posibilidad de aplicar una perspectiva sociológica al abordaje de sus obras. Si los individuos no existen de modo completamente autónomo, sino que son constituidos -en distintos grados y de distintos modos- por el orden social, Marx, Durkheim y Weber no son una excepción. Sus ideas, sus inquietudes, sus producciones, deben relacionarse con el contexto social en el que han vivido y trabajado. Así entendidos, los clásicos de la Sociología nos demandan, tal como lo entendemos, comprenderlos de un modo distinto a como se suelen comprender los referentes disciplinares.
Por otra parte, dado que fue a partir de las bases sentadas por estos autores que se fue construyendo el pensamiento social que aún hoy está en vigencia, el recurso a la contextualización de sus obras nos proporciona por añadidura el desafío de distinguir los datos impresionistas de los conceptos estructurantes del planteo. Leer a Marx, Durkheim y Weber nos entrena en el desarrollo de esta destreza.
Al mismo tiempo, algunos aspectos de lo anterior se prestan a debate: ¿cuánto de continuidad y cuánto de ruptura hay en los escenarios a los que estas obras se refieren? Dicho de otro modo, podemos discutir qué tan similar o qué tan distinto es el mundo en que estos autores vivieron y el que habitamos nosotros actualmente. Al respecto no existen respuestas unívocas. Estamos así ante otra dimensión de una aproximación crítica que nos resalta el valor de analizar, comprender y argumentar situados históricamente.
No obstante, la lectura de los clásicos nos presenta al mismo tiempo la oportunidad de manejarnos en el terreno de lo incierto: junto con ellos, confirmamos que existen distintas miradas posibles sobre un mismo proceso histórico. Lejos de hacernos caer en el relativismo, esto nos muestra la importancia de construir una mirada sistemática sobre aquello que nos interesa ver, antes que tomar como un a priori una imparcialidad que poco nos dice acerca de la posición concreta que necesariamente tomamos al describir y analizar un acontecimiento. Junto con lo anterior, entrevemos que los conceptos pueden ser usados como herramientas para aprehender distintos fragmentos de la realidad, y que incluso podemos construir perspectivas convergentes siempre que conozcamos con propiedad qué implicancias tiene el uso de cada uno de los términos. Estamos en el campo de la responsabilidad para con el lenguaje que empleamos: un llamado al uso consciente de los conceptos.
Breves comentarios sociológicos sobre los clásicos
Someramente, y a modo de ejemplo, veamos qué dicen algunos teóricos contemporáneos sobre el desarrollo de nuestra disciplina.
Berger y Luckmann (2003) ubican tres grandes áreas como objeto de la Sociología: el estudio de la sociedad con su dinámica propia; el estudio de la sociedad en tanto producto de los hombres; el estudio de los hombres en tanto productos de la sociedad. Nada más interesante que la lectura de los clásicos para deslindar estas posibilidades, no tanto en la pretensión de ubicar a cada autor en una de esas áreas de modo estático, sino más bien a fin de encontrar la tensión entre éstas que modela al pensamiento de cada uno de ellos. Dicho de otro modo: la Sociología se constituye en la tensión entre individuo y sociedad, intentando ubicar en este nivel causas y legalidades de los procesos históricos. El hombre es visto como un animal social, pero también la sociedad es producida activamente por los hombres. Un lugar destacado en esta dialéctica lo ocupa el problema de la conciencia: ¿los hombres hacen la historia según su voluntad, o en condiciones que no elijen y con efectos imprevistos? Esta pregunta, que posee sólo respuestas parciales, determinadas tanto por la perspectiva que uno adopte como por el problema que elija mirar, constituye un prisma enriquecedor al atravesar los textos de los clásicos.
Pero también son posibles otras múltiples claves de lectura. Por ejemplo, Robert Nisbet (1977) nos propone el ejercicio de pensar mediante ideas que permiten abordar los distintos sistemas teóricos de un modo transversal. Según su propuesta, el desarrollo de la Sociología como campo disciplinar contiende cinco pares de “ideas – elementos” que a su entender contienen y expresan la totalidad de los nudos problemáticos abordados por la disciplina. ¿Por qué puede resultarnos útil esta mirada? Porque entendemos que a través de comprender estas ideas-elementos a modo de ejes que organizan y expresan los problemas fundamentales abordados por la Sociología, podemos abordar los distintos paradigmas teóricos de modo transversal, poniéndolos en diálogo. Esto permitiría no reducirnos a un estudio atomizado sobre la obra de cada autor, concibiéndola como una unidad cerrada sobre sí misma, sino por el contrario potencializar nuestra mirada al iluminar desde distintos ángulos un mismo campo problemático.
También podríamos poner a prueba las clasificaciones y conceptualizaciones dominantes de la Sociología realizando algunas preguntas “incómodas”. Así, René Loureau (2001) nos permite dudar de las clasificaciones hegemónicas de nuestro campo científico formulando preguntas aparentemente sencillas como ¿qué es la sociedad? ¿existe como una totalidad por fuera de la conceptualización, es decir, en la realidad? Cualquier intento por responder a estas preguntas nos llevaría rápidamente a avanzar en dirección a un análisis de las instituciones sociales… pero al mirar atrás veríamos que aun podría permanecer sin respuesta la pregunta original. Como una suerte de cajas chinas, la Sociología encuentra problemas impensados cuando comienza a indagar los hechos en apariencia más simples y cotidianos. De aquí la mención de Pierre Bourdieu (1990) acerca de la Sociología como “una ciencia que incomoda”.
De este modo la Sociología en el marco de la carrera de Comunicación aspira a ejercitar una mirada transversal que apunte a develar, desnaturalizar e historizar los fundamentos muchas veces ocultos en la densa y múltiple trama de lo social, en que se desarrollan los objetos y problemas que abordarán en su práctica profesional quienes eligen abocarse al estudio de la comunicación social. Entendemos que para alguien que se dedica a este área, y que su interés está en la transmisión o puesta en circulación de hechos u opiniones, tanto aquella serie de habilidades -no exhaustivas- requeridas para una comprensión de los clásicos, como el enriquecimiento de la mirada analítica que ella confiere, constituyen un recurso valioso al momento de llevar adelante su práctica.
Los clásicos: algunos aportes específicos
A fin de mostrar algunos elementos concretos referidos a lo que hemos aludido arriba, desarrollaremos brevemente un punteo de las perspectivas, inquietudes y conceptos centrales que aportan cada uno de los autores.
Si seguimos un orden cronológico, nos corresponde remitirnos en primer lugar a Karl Marx, quien nació en Alemania en 1818 y murió en Inglaterra en 1883. Leer a Marx implica adentrarnos en textos que han tenido la capacidad de incidir en la historia de la humanidad, puesto que grandes revoluciones sociales como la Rusa, la China o la Cubana durante el siglo XX se han basado en sus premisas; pero también porque ha marcado un antes y un después en la historia del pensamiento, trasvasando las fronteras entre disciplinas. Así, desde la Economía hasta la Ciencia Política, desde la Sociología hasta la Filosofía, desde la Antropología hasta la Psicología -por poner meros ejemplos- todo decir sobre lo social ha recibido el impacto de sus conceptualizaciones.
Veamos brevemente las premisas sobre las que se funda la obra de este autor. Marx entiende que la naturaleza humana posee un carácter indisolublemente social. No parte del análisis de las subjetividades individuales, sino de la trama de relaciones sociales que conforman a los individuos y que éstos a su vez moldean con su actividad. De este modo, nos permite pensar la vida social en términos de relaciones; y por su concepción de los sujetos como capaces de producir una actividad creativa, libre y consciente, -lo que él denomina conceptualmente como praxis-, aquellas son fundamentalmente relaciones sociales de producción. Este enfoque sobre la esfera de la producción -que tendrá implicancias teóricas tanto como políticas-, se explica por las premisas filosóficas que mencionáramos: los humanos, seres complejos donde conviven naturaleza y cultura, se organizan en torno a la esfera de la producción impelidos por la necesidad de procurar sus medios de subsistencia. Ahora bien, el desarrollo de tales actividades productivas no consiste en una mera repetición instintiva sino que, a diferencia del resto de los animales, es actividad creativa. Siendo nodal a la supervivencia, el resto de las actividades humanas estarán condicionadas por estas relaciones de producción, primarias.
Estamos ante un nudo problemático compartido por el conjunto de las ciencias humanas: el pasaje de la naturaleza a la cultura, o el problema de la naturaleza humana. En la obra de Marx, la respuesta se orienta en pos de considerar que tanto las formas de conciencia como las instituciones son productos históricos que encuentran correspondencia en el tipo de relaciones sociales de las que emergen.
Finalmente, respecto de Marx debemos resaltar el valor de leer enfatizando el modo en que este autor articula las dimensiones económicas con las políticas. Si logramos ejercitarnos en esta lectura, subrayando sus insistentes planteos respecto de la determinación recíproca entre ambas dimensiones, evitaremos caer en reduccionismos al tiempo que tendremos a disposición un prisma que enfoca las tensiones y contradicciones. En suma: que enfoca al conflicto como dinámica inherente a los procesos sociales.
Siguiendo con el orden cronológico, debemos referirnos sintéticamente a Emile Durkheim, quien nació y murió en Francia, viviendo entre 1858 y 1917. Teñida por las preocupaciones que provocaba el vertiginoso desarrollo industrial y urbano de Francia hacia fines del siglo XIX, la obra de Durkheim se enfocó sobre el problema de la anomia en las sociedades modernas complejas, problema al que asigna una importancia central identificando su emergencia como producto del relajamiento de la conciencia colectiva. Durkheim no dejará de identificar -al igual que Marx- la centralidad del problema de la división social del trabajo como factor explicativo, en su caso, de las características que asuma la organización del conjunto social y sus lazos morales. Al preguntarse por la naturaleza de los lazos sociales, el autor encuentra que ésta reviste un carácter moral. Debemos ser cuidadosos de no atribuir al concepto de “moral” aquello que hoy en día se entiende por el: en aquel momento era frecuente aludir a las ciencias sociales bajo el nombre de “ciencias morales”. Lo moral refiere entonces alamplio conjunto de los usos, costumbres y valores adquiridos e internalizados por el individuo en los procesos de socialización. Entendiendo por socialización tanto aquel proceso primario, familiar si se quiere, en que el hombre adviene tal (incorporando una lengua y hábitos básicos relativos a su cultura y su estrato social), como aquellos procesos secundarios en que las pautas son aprendidas por el contacto cotidiano con otros sujetos, es este intercambio con un grupo ampliado el que lo constituye como miembro del conjunto social, en la medida que comparte elementos de una conciencia colectiva. De esta manera, lo social permite formar a los individuos en el mismo gesto de limitarlos, conteniéndolos. El enfoque de Durkheim asigna así un carácter central a las normas y las instituciones, en tanto las ubica como elementos que estructuran y regulan el conjunto de la vida social, posibilitando la vida humana. En la medida que el análisis durkheimiano se ocupa de las formas de conciencia y de las representaciones que los grupos sociales crean en el imaginario colectivo, al tiempo que a los modos de agrupamiento y la densidad de los vínculos promovidos por las distintas prácticas, este autor ha prestado especial atención al estudio de las formas de la vida religiosa.
De este modo Durkheim nos brinda herramientas para encarar y fundamentar el análisis de los procesos institucionales, permitiéndonos pensar las diferentes cristalizaciones históricas que asumen los mecanismos de regulación sociales. Asimismo este autor nos permite pensar las dimensiones sociales de la subjetividad y sus interacciones, al identificar la centralidad de la conciencia colectiva como campo de estudio.
Finalmente ubicaremos aquí a Max Weber, quien vivió en Alemania entre 1864 y 1920. A través de Weber podemos recorrer el proceso de racionalización creciente de la vida cotidiana, resultado conjunto del fenómeno que este autor identifica como el “desencantamiento” del mundo moderno y de la normatización creciente -y codificación correlativa- de las prácticas. Este proceso de racionalización progresiva puede ubicarse en los inicios del capitalismo moderno de la mano con un impulso psicológico que llevó a la conducta a ordenarse de tal modo: la ética protestante . La articulación histórica -y por ello única e irrepetible- de ciertos contenidos de este sistema de ideas en el contexto de desarrollo incipiente del capitalismo moderno tendrá como efecto ordenar el uso del tiempo y del dinero a partir de una racionalización creciente de la conducta de los individuos.
Es destacable la idea que Weber pone en evidencia con el resultado de su análisis respecto a los resultados inesperados de la acción. El hecho de que la acción humana, orientada según el sentido que ella tiene para quien la realiza tenga consecuencias imprevistas, resulta un dato fundamental en términos tanto teóricos como prácticos. Dicho de otro modo, es tanto algo que debe incorporarse al análisis e interpretación de los procesos históricos como algo que debe incorporarse a la ética en el propio accionar. Cuando Weber, en su análisis de los orígenes del capitalismo moderno, describe una relación causal de dicho desarrollo con los contenidos éticos del dogma religioso protestante, se pone de manifiesto aquella concepción respecto del cambio social: este no responde, no puede responder, a la voluntad e intencionalidad humanas. Weber encuentra así que el proceso de racionalización creciente de la vida moderna ha sido disparado por una constelación de sucesos devenidos de los múltiples modos en que se fue entendiendo y ejerciendo una particular fe religiosa.
De esta manera se hace visible la compleja articulación de elementos racionales e irracionales, individuales y colectivos, planeados e inesperados, en el desarrollo de la vida histórica y social; y vemos que el análisis nos permite sumergirnos en los pliegues y opacidades de los hechos sociales, que de otra manera permanecen ocultos en la mirada ingenua que podríamos tener desde el sentido común. Al mismo tiempo, nos adentramos a un particular modo de entender lo social, otorgándole centralidad en ello al sentido y la acción singular de los individuos, abriendo la posibilidad del protagonismo histórico determinante que algunos de ellos adquieren -sea o no su intención.
A modo de conclusión: los anclajes filosóficos de las concepciones sobre lo social
A partir de la exposición anterior podemos ilustrar cómo la totalidad de un aparato teórico conceptual se explica en su coherencia interna por los anclajes teóricos sobre los que se articula en sus puntos de partida: una serie acotada de premisas filosóficas implicarán el desarrollo de un conjunto de conceptos con sus consecuentes articulaciones lógicas. Esto nos permite comprender los modos en que las orientaciones políticas derivadas de un determinado sistema de ideas pueden fluctuar dentro de un arco determinado de posibilidades: existe un límite fundante y constitutivo marcado por sus fundamentos teórico-filosóficos.
Si comparásemos a los sistemas teóricos con una cámara fotográfica podríamos pensar que, al igual que las características particulares de una lente (su luminosidad, la apertura de diafragma y la distancia focal nos permiten registrar algunos aspectos de la realidad, iluminándolos, mientras que dejan otros fuera de foco, fuera de campo o en las sombras), de la misma manera un aparato conceptual determinado nos permitirá hacer visibles determinados aspectos de la realidad mientras que otros pasarán desapercibidos. Esto nos lleva a pensar en la importancia de ampliar nuestra mirada, articulando diferentes herramientas conceptuales que nos permitan enfocar los aspectos complejos, muchas veces superpuestos y contradictorios de la realidad social.
Dicho lo anterior, estamos en condiciones de señalar el cuestionamiento que estos tres autores, conocidos como “los clásicos” de la Sociología, hacen de aquellas miradas dicotómicas que obturan la comprensión del vínculo entre sujetos y sociedad. Sea desde una perspectiva que considera la gravitación de una dimensión en modo determinante -sea la económica, la simbólica o la normativa- o sea desde la pretensión de articular distintos factores de influencia, la modernidad marca el ritmo de los sistemas teóricos de Marx, de Durkheim y de Weber.
Entonces, podemos deducir de cada uno de estos sistemas una correspondiente filosofía de la historia. Con “filosofía de la historia” hacemos referencia a una determinada concepción de cómo se produce el cambio, de qué elementos poseen mayor o menor influencia en el dinamismo social, así como de qué grado de predictibilidad posee el sentido o la orientación de esta dinámica. Así, podemos encontrar en cada aparato teórico un fundamento distinto en aras de explicar o direccionar el cambio.
De tal modo, la filosofía de la praxis lleva a Marx a enfocar la estructura como punto de partida del análisis y de la dinámica de lo social. De modo concomitante, le lleva a interpelar al proletariado como agente de cambios. Por el contrario, encontramos en Durkheim una concepción “negativa” de la naturaleza humana, en la medida en que este autor entiende que los deseos ilimitados generan angustia e insatisfacción en el sujeto, lleva a este autor a privilegiar la regulación y la integración colectivas como modo de anclar a los sujetos y dar un sentido a sus vidas. Durkheim se dirige al Estado, señalando el direccionamiento que entiende que deben tomar las políticas públicas.
Finalmente, Weber nos muestra una mirada desesperanzada respecto de la posibilidad de una sociedad más justa o mejor integrada. No obstante, desde un fuerte sentido trágico, llama a hacer aquello que es al mismo tiempo imposible y necesario: actuar en la historia. Siendo que no controla ni condiciones ni resultados de su acción, su apelativo es ético y llama a la responsabilidad: la mirada de Weber es más intimista, y está enfocada en el nivel individual.
Pero no todo es divergencia, también podemos encontrar complementariedad entre las preocupaciones y las propuestas de estos autores. Por ejemplo, podemos considerar que la lucha de clases tal como es descripta por Marx, y el concepto durkheimiano de anomia permiten iluminar distintos aspectos de un mismo proceso: el problema de la enajenación en las sociedades modernas. Algo similar podemos decir respecto del proceso de acumulación originaria, según lo explican Marx y Weber, cada uno desde una perspectiva distinta.
Pensar en términos de convergencias también permite ordenar a los autores en otro eje, esta vez relativo a la epistemología o filosofía del conocimiento que detentan. Así, nuevamente podemos ubicar juntos a pensadores a priori tan inconciliables como Marx y Durkheim. Es que ambos parten de entender que existe la posibilidad concreta de descubrir una verdad subyacente que explica el funcionamiento de lo social. Dicho de otro modo, sus sistemas teóricos se afincan en el suelo del positivismo, lo cual implica depositar en la ciencia la esperanza de lograr finalmente un ordenamiento racional del mundo. Por el contrario, Weber hace ostentación de un anti-positivismo particularmente radical para su época, al plantear que sólo es posible conocer un aspecto recortado y puntual de la complejidad de sucesos históricos: la ciencia para él es posible, pero no como explicación de la totalidad. Más bien, ella tiene una tarea más humilde, al tiempo que su responsabilidad se limita al área del conocimiento, pero nada puede decir sobre el modo de organizar lo real -por el contrario, la realidad para él es inherentemente ingobernable.
Para concluir proponemos intentar este desafío, poniéndonos en jaque a nosotros mismos al asumir que no existen verdades simples y que por tanto es falaz el pensamiento dicotómico. Algo de esto intentamos hacer al compatibilizar marcos teóricos distintos pese a sus tensiones: más aun, con esas tensiones.
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