EL PAPEL DE LAS CLASES MEDIAS EN LA REVOLUCIÓN NACIONAL
Las clases intermedias fueron las precursoras del movimiento político-social que
correspondió a la tentativa del país para marchar por la industrialización hacia la integración de su
economía. En "Los profetas del odio" señalo que esas clases intermedias fueron las que primero
tuvieron conciencia del hecho nacional; las que nutrieron en los años preparatorios del año 1945,
desde el nacionalismo, desde F.O.R.J.A. y desde los sectores más capaces y tradicionales de la
intransigencia radical la siembra de la conciencia emancipadora. En las instituciones armadas, en
el clero, entre los profesionales, los estudiantes, los pequeños comerciantes e industriales, se
formaron los primeros cuadros de la lucha. Mucho después llegó el proletariado a la misma para
nutrirla con el elemento básico que le faltaba. Recuerdo que en 1941, celebrando el 6° aniversario
de F.O.R.J.A. dije a mis camaradas: Día por día hemos visto crecer el público alrededor de
nuestras tribunas callejeras; sin prensa, porque nos está cerrada la información que no se le niega
al más insignificante comité de barrio; sin radiotelefonía, porque a ningún precio se nos ha
permitido el acceso a ella. El idioma que hablamos, que era sólo el de una pequeña minoría y
hasta parecía exótico, hoy es el lenguaje del hombre de la calle. Puedo decirles en este aniversario,
que estamos celebrando el triunfo de nuestras ideas. Pero estamos constatando al
mismo tiempo nuestro fracaso como fuerza política: no hemos llegado a lo social, la gente nos
comprende y nos apoya, pero no nos sigue. Hemos sembrado para quienes sepan inspirar la fe y
la confianza que nosotros no logramos. No importa con tal que la labor se cumpla”.
Pero a pesar de haber correspondido a las clases intermedias la primera toma de
conciencia de los problemas nacionales y ser las beneficiarias más directas, especialmente la
burguesía naciente, del cambio de condiciones, no hubo una correlación en la marcha con la toma
de conciencia de su papel histórico en la oportunidad que el destino les brindaba.
Cierto es que el peronismo cometió indiscutibles torpezas en sus relaciones con ellas. Por un lado
lesionó, más allá de lo que era inevitable conceptos éticos y estéticos incorporados a las modalidades
adquiridas por las clases medias en su lenta decantación. Por otro las agobió con una propaganda masiva
que si podía ser eficaz respecto de los trabajadores, era negativa respecto de ellas porque no supo destacar
en qué medida eran beneficiarias del proceso que se estaba cumpliendo, como compensación de las
lesiones que suponía. No supo tampoco comprender el individualismo de esas clases constituidas por
sujetos celosos de su ego, proponiéndoles una estructura política burocrática, organizada verticalmente de
arriba a abajo y en la que la personalidad de los militantes no contaba; así se convirtió la doctrina nacional
cuya amplitud permitía la colaboración, o por lo menos el asentimiento desde el margen del hecho político
en una doctrina de partido que exigía la sumisión ortodoxa y la disciplina de la obediencia más allá del
pensamiento, a la consigna y hasta el slogan.
Esto mucho antes que esos errores culminaran con la pérdida de la cohesión en las Fuerzas
Armadas que a través de episodios adjetivos se distanciaban de los objetivos nacionales que las habían
hecho factores básicos del proceso, y se permeabilizaban a la penetración de las propagandas adversarias
y extranjeras. Todo esto culminó en el inexplicable conflicto con la Iglesia que terminó por aislar al
movimiento de los trabajadores, de los importantes sectores de clase media y burguesía que lo habían
acompañado.
Es necesario hablar de errores de conducción. Otra cosa, sería si el propósito deliberado hubiera
sido establecer una estructura fundada en un gobierno clasista. Pero eso no estaba ni estuvo aun después
de la caída, en el ánimo de la conducción que tenía clara conciencia de las necesidades policlasistas del
movimiento nacional que expresaba, y ni siquiera estaba en los mismos sectores del trabajo que lo
acompañaron. El movimiento era, y no pretendió nunca ser otra cosa, un frente nacional para la formación
de una Argentina moderna retomando el camino de la Patria Grande y abierto a la coincidencia de todos los
grupos sociales no ligados a la situación de dependencia de la Patria Chica y sus intereses.
También existía la perturbación ideológica que desde el principio del movimiento, y
conforme a la tradición de la “intelligentzia” colonialista había desorientado a gran parte de la clase
media con la transferencia de la temática y los esquemas agitados por los partidos políticos y la
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gran prensa, destinados a confundir nuestros propios problemas con los de los bandos imperiales
en lucha durante la guerra; ella gravitó sobre todo en los medios estudiantiles donde se produjo la
paradoja de que un cacareado anti-imperialismo teórico se convirtió en el momento crítico en un
instrumento exclusivamente dedicado a obstaculizar el desarrollo del movimiento nacional,
sirviendo las políticas contra las que siempre adoctrinó.
Pero todo esto puede explicar una toma de posición accidental más dirigida contra los
modos de ejecución de una política que contra la política en sí, ya que los intereses sociales y
económicos de la clase como tal, coincidían con los del proceso que se estaba realizando salvo
en el caso del sector relativamente reducido de la gente de entradas fijas: pequeños rentistas,
jubilados, etc., que recibían el impacto del cambio de situación sin las amplias compensaciones
que permitían al resto de las clases intermedias la multiplicación de sus actividades, el aumento
de sus recursos y la ampliación de sus consumos hasta niveles inconcebibles pocos años antes.
"PLACEROS Y ROTARIANOS"
Un aspecto del hecho que estoy señalando ha sido destacado por el doctor Mario Amadeo
en su libro "Ayer-Hoy-Mañana", de donde tomo lo que sigue: En las comunidades pequeñas, en
las ciudades de provincia o en los pueblos de campo, es donde ese corte horizontal se advierte
con más nitidez. En ellos se ve claramente como el médico, el abogado, el escribano, el
comerciante acomodado, el "placero", forman una reducida corte a la que rodea la desconfianza
del "popolo minuto". Ninguna cordialidad existe entre esos dos grupos, salvo la que
accidentalmente puede surgir de vinculaciones personales. Políticamente se llaman "peronistas" y
"contras". Pero estas son las designaciones políticas, y por ende superficiales, del hecho más
serio y profundo que intentamos destacar: la separación de clase que ha puesto frente a frente a
dos Argentinas y que amenaza malograr nuestro destino nacional. Sí: que ha puesto frente a
frente a dos Argentinas. Porque no olvidemos el hecho que la Revolución de septiembre de 1955
no fue solamente un movimiento en que un partido derrotó a su rival, o en que una fracción de las
fuerzas armadas venció a la contraria, sino que fue una revolución en que una clase social impuso
su criterio sobre otra.
Digamos ahora —prosigo— que esta separación de las clases, cuando se refiere a esa clase del
médico, así abogado, del comerciante, del rotariano en una palabra, no se ha producido por obra del
proletariado. No creo que en la historia del mundo se haya producido un movimiento social de tanta
profundidad con menos quebrantamientos en la superficie, con menos dramas, con menos
desgarramientos. Por el contrario, esos rotarianos se han beneficiado con el ascenso de las clases
colocadas en rango inferior; los profesionales han visto atestados sus consultorios y estudios, y los
comerciantes, con un mercado comprador superior a la oferta, han redondeado sus mejores negocios. Tal
vez los de ramos generales han sido privados de su poder, al sustituir la banca, la función de crédito agrario
que cumplían ellos cuando no había banca para los productores argentinos; pero mejoraron sus ventas al
contado.
Sencillamente los rotarianos —casi todos los "placeros" lo son— han considerado la decisión
popular como un alzamiento contra el orden establecido.
"...Mientras los trabajadores tomaron rápidamente conciencia del momento histórico y del papel que
le correspondía, este sector intermedio se quedó en gran parte atrás: no comprendió su papel histórico ni la
oportunidad que el destino le brindaba. El proletariado comprendió que su ascenso era simultáneo con la
clase baja y con la aparición de la burguesía eludiendo la disyuntiva ofrecida por los socialistas y los
comunistas. Supo que su enemigo inmediato era la condición semi-colonial del país y que la evolución
industrialista representaba una etapa de avances con buen salario y buenas condiciones de vida; no se
prestó al juego de los antiguos sindicalistas ideológicos, que conscientes o no, obstaculizaban la formación
del capital nacional en beneficio del acoplador extranjero de la producción primaria y barata. El proletariado
comprendió la unidad vertical de todas las clases argentinas para realizar la Nación y sólo demandó que en
el prorrateo de las utilidades le tocara su parte correspondiente. Las clases a las que era accesible el
conocimiento de un hecho tan elemental, se quedaron atrás en su comprensión, con respecto a los más
humildes. Pero, gran parte de la responsabilidad incumbe a esa falsa cultura, a esa traición de la
"intelligentzia", que propone señalar este libro. Eso fue el producto de un periodismo, de un libro y de una
enseñanza destinados a desvirtuar los hechos nacionales”.
“Es lógico que sólo obtengan resultados favorables en aquellos trabajados por este periodismo,
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esos libros y esos maestros. ¡Así fue como las alpargatas sirvieron al destino nacional mejor que los libros!”
HETEROGENEIDAD DE LA CLASE MEDIA
No caigamos en el error frecuente, cultivado con esmero por los teóricos de la lucha de
clases, de hacer una sencilla dicotomía de aquel momento histórico dando por enfrentada la clase
media con la clase trabajadora. Me remito a mi discurso del 6° Aniversario de F.O.R.J.A. en 1941,
que va un poco más arriba, donde advertía que ya en nuestras ideas, la posición nacional estaba
triunfante al mismo tiempo que señalo que no habíamos logrado penetrar en el campo obrero,
misión que anticipo estaba reservada para otros. Cuando digo que el lenguaje que hablábamos,
pocos años antes exótico, era ya el del hombre de la calle, me estoy refiriendo al hombre de la
clase media. Que esa presencia revolucionaria de la clase media no se expresara en la mayoría
estudiantil y no se reflejara en la información periodística, no obsta el hecho cierto de que este
sector fuera tan vigoroso que había hecho posible, con su apoyo, la neutralidad de Castillo –a
pesar de las reservas que suscitaban su origen y sus colaboradores—contra la coalición de todos
los partidos políticos, oficialistas y de oposición, de la unanimidad de la gran prensa y de todas las
capillas consagradas de la riqueza y del prestigio. La nueva Argentina estaba presente y lo estaba
en esa parte considerable de la clase media, antes y después de la Revolución de 1943, y antes
de que el Coronel Perón lograra el vigoroso apoyo de los trabajadores. La intelligentzia tuvo
entonces una visión deformada de la clase media, como la tenía del país, y la sigue teniendo aun
en los sectores que están corrigiendo sus errores del pasado, pero que no pueden apartarse
todavía de los esquemas extraños que transfieren a la realidad argentina. Cierto es que también el
peronismo fue influido a la larga por esa falsa apreciación y de ahí derivan los errores de
conducción que se han señalado en su comportamiento para con la clase media.
La falsedad de apreciación también resulta de considerar las clases medias como un todo
homogéneo, cuando son por naturaleza heterogéneas en su comportamiento, en sus esquemas
ideológicos y en los múltiples matices de su composición vertical. No podemos referirnos a ella en
conjunto porque de su seno salen los profesores de Educación Democrática y los revisionistas, la
casi totalidad de los fascistas y la casi totalidad de los comunistas, y tal vez más de éstos que de
aquellos, como salían los neutralistas y belicistas, y de la misma salen los teóricos de la liberación
nacional y los Cueto Rúa y los Krieger Vasena, los Alemann, Verrier, etc., etc., que instrumentan la
dependencia. Del mismo modo no puede igualarse la situación de los sectores pauperizados en la
depresión de la década infame con los que habían podido mantener ciertos niveles de jerarquía
por una situación privilegiada dentro de la misma. Ignorar la existencia de gruesos contingentes de
clase media adelantándose a la posición que habían de tomar los trabajadores, es reincidir en el
error de creer que el movimiento peronista fue sólo el fruto de las prebendas y las ventajas, y no el
fruto de un proceso de formación, que encontró en el apoyo de la nueva masa obrera —con sus
conquistas— la base popular que rompió el equilibrio a su favor.
Desde luego que la clase media en conjunto vio alteradas muchas de las valoraciones en
que se había formado y constituían parte de su ética y su estética, pero no reaccionó
homogéneamente. Gran parte de ella comprendió la necesidad del cambio y participó del mismo
como consecuencia aceptada de su pensamiento nacional ya definido, y porque también estuvo
capacitada para recibir las ventajas compensatorias que le traía el ascenso general de la
sociedad. Eso sí: este sector careció de medios de expresión políticos y culturales dentro del
peronismo, pero al mismo tiempo no se dejó seducir por los prejuicios y las mistificaciones que
intentaban perturbarla. A lo sumo se retrajo ante la imposibilidad de actuar para reaparecer de
nuevo junto a los trabajadores después de septiembre de 1955. Allí está, y la clase media lo
amplía constantemente con su cada vez más acelerada incorporación en la variada gama en que
se expresa el pensamiento nacional. Porque esa es la cuestión y no el peronismo.
Estas salvedades nos van colocando dentro del tema específico de este libro, porque la
posición que se atribuye a la clase media en conjunto pertenece, exclusivamente a los sectores de
la misma que ya señalé hace diez años y que de nuevo individualizo con las transcripciones que
hago de "Los profetas del odio".
CONCLUSIONES
Al que escribe le suele suceder lo que en el juego, según dice un paisano de Javier de
Viana: "Se dentra con un rial pa' despuntar el vicio, y cuand'uno acuerda, está metido con caballo
ensillao y todo".
Así me pasó con este libro. Pensé primero en unas notas periodísticas inspiradas en el
ridículo del "medio pelo". Algo para el humor fácil, y como todo humor, hijo de una amargura
encubierta por la risa. Es cosa de varón esto de esconder la queja aunque más no sea porque el
"calavera no chilla".
Pero a medida que iba entrando en el tema fui comprendiendo su importancia, sobre todo
cuando percibí que la tilinguería absorbiendo a la burguesía reciente, había destruido una de las
fuerzas potenciales para la construcción de la Patria Grande.
Toda mi vida se ha concentrado en ese objetivo que ahora consiste en modernizar las
estructuras económicas y sociales argentinas, que es lo que modestamente está a nuestros
alcances en el limitado tiempo y espacio de que disponemos. Yo sé que esto le parecerá muy
poco a los grandes ideólogos revolucionarios de la intelligentzia; pero sé que este programita
sencillo y de vuelo corto los tiene en contra cada vez que se intenta, porque como he dicho en otra
parte, preocupados por volar muy alto, le sacan la escalera al que quiere subir un poco con la
complacencia de los que quieren que no subamos nada.
Y así fue como me encontré que esto del "medio pelo" tenía una proyección que no había
percibido en el primer momento. Esto me llevó a analizar la evolución de la sociedad en la historia
y constaté enseguida que no se acomodaba a los esquemas transferidos desde otras sociedades
y desde los cuales se sacan conclusiones. Al mismo tiempo fui percibiendo la importancia de las
pautas en los grupos sociales.
Creo que le debía esta explicación al lector, que a pesar de la advertencia del subtítulo,
pudo ser atraído exclusivamente por lo del "medio pelo", como por una trampa.
* * *
Que la alta clase propietaria se aferre al país chico, no será patriótico, pero es congruente,
como ya se ha dicho. También se ha dicho que es explicable que la imagen de un status seduzca
con su jerarquía supuesta a los “primos pobres” y a la alta clase media. Pero que la burguesía
desnaturalice su función histórica adoptando las pautas ideológicas de las clases que se oponen a
su desarrollo, es una aberración, porque su posición antinacional significa una posición
antiburguesa, ya que el desarrollo de un capitalismo nacional dependen exclusivamente de la
modernización de las estructuras. Así, sólo la dirección de los trabajadores aparece cumpliendo su
función histórica y teniendo que cubrir, además de su tarea en la conducción del proletariado, el
claro, la vacante de la función abandonada por la burguesía, en la expansión hacia la Argentina
potencia.
* * *
La historia vista desde la influencia de las pautas lleva necesariamente a la investigación
de las élites que las elaboran. Así vemos que en el comportamiento opuesto en las guerras civiles
del pasado, un común origen social y la pertenencia de grupo, no impiden la existencia de pautas
distintas que corresponden a la visión del papel de la plebe constituyente de las grandes masas
del país.
Los Federales las consideran parte de la historia, porque su idea es la construcción del
país según su naturaleza. Los Unitarios las excluyen porque su ideario es la construcción del país
al margen de aquella.
Después de Caseros se impusieron las pautas ideológicas de los Unitarios y se empezó a
acomodar la cabeza al sombrero como quería Florencio Varela. La élite vencedora realizó, con
todo, una política del país pues cualquiera sea el juicio que nos merezca, su política de grupo
social coincidió con la preocupación de buscar su grandeza; ya se ha dicho que por un camino
equivocado que tenía el límite a corto plazo. La política fue antinacional por la ideología que la
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inspiró, pero los que la realizaron creían que hacían política para la Nación. Su progresismo dio
más frutos en la expansión agropecuaria y el nacimiento de un país nuevo al que aportó la
inmigración. Fue una política de Patria Chica que creyó que el litoral era toda la Patria. El
roquismo tuvo una visión más integral del espacio. Traía también una visión económica nacional
que de cumplirse pudo haber adelantado la integración social con la integración económica e
incorporado el criollaje del interior a niveles sociales modernos.
Pero el roquismo que había ganado la batalla en las trincheras la perdió en los títulos de
propiedad de la Provincia de Buenos Aires y fue asimilado por la clase alta terrateniente que
impuso definitivamente las pautas del país dependiente.
La generación del 80 que pudo constituir la nueva élite para el nuevo país, se incorporó a
la oligarquía porteña y se ahogó en el abrazo del acuerdismo. La presidencia Quintana fue el
símbolo de esta renuncia a la grandeza. A su vez, esa vieja élite porteña con sus apéndices del
interior, se desarraigó y perdió toda idea de construcción nacional. Dejó de ser élite desde el punto
de vista político porque se hizo conservadora y su conciencia de grupo sólo actuó desde entonces
y sigue actuando para mantener al país dentro de lo ya logrado. Es el adversario neto de la
modernización de las estructuras y además tiene conciencia de su alianza con las fuerzas
extranjeras que nos tiene reservado un destino apendicular.
* * *
Desde entonces el país no tiene élite conductora.
No la dio la inmigración y su integración con el país; tuvo que hacerse a través de un
caudillo: Yrigoyen.
Caído el caudillo, careció de conciencia histórica y fue cuestión de tiempo que los
descendientes de inmigrantes, en su afán de ascenso en el status, fueran absorbidos por la
ideología de la vieja clase que no contrariaba fundamentalmente la promoción de su ascenso
vinculado al desarrollo de la expansión agropecuaria.
Cuando el país ya no cabía dentro de los límites previstos en el “progreso ilimitado” el
Estatuto Legal del Coloniaje de la Década Infame le impuso un lecho de Procusto. Pero la Gran
Guerra lo reventó interrumpiendo la ecuación exportación –importación, y obligando al país a
potenciarse por sí mismo. Inmediatamente, éste dio un salto –tan contenido estaba en su
expansión—y producto de ese salto fue el hecho económico y social que generó a Perón. Mal o
bien, este caudillo rigió la nueva integración argentina: la de los criollos que sucedían a la de los
gringos, e imposible sin la modernización de las estructuras, que de hecho produjo la guerra
mundial.
Pero faltó la élite burguesa correspondiente al momento histórico que la clase obrera por sí
sola no podía reemplazar en una sociedad como la nuestra, que necesita la cohesión vertical de
las clases de ascenso para vencer al enorme poder de los intereses preexistentes, nacionales y
extranjeros, que se oponen a que seamos potencias.
* * *
La Revolución de 1955 —después de la leve vacilación Lonardi— concibió la solución
suprimiendo un pedazo de historia. Quiso volver atrás borrando el paréntesis de modernización de
las estructuras que cubría 10 años de los más intensamente vividos en el país. En lo económico y
lo social, intentó restaurar la situación vigente en la Década Infame. En lo político, la vieja
ordenación de los partidos. Pero el país había crecido y era otro. Si era imposible restaurar
aquella economía y aquella sociedad, tampoco era posible restaurar su estructura política. La
expresión política Perón era el producto de que ya estaba muerta en 1946. ¿Cómo de otra manera
pudo ser posible que un hombre desconocido dos años antes rompiera los cuadros de los partidos
y absorbiera al mismo tiempo las nuevas promociones sociales que se incorporaban a la historia?
La historia de estos 10 últimos años con sus idas y vueltas no es más que la
documentación de que el viejo país está muerto y sólo puede subsistir transitoriamente y por la
imposición de la fuerza, pero así y todo, en las apariencias formales y no en la sustancia. El
emparchado traje democrático con que se quiere cubrir la ficción de una sociedad organizada, no
da para más y hay que regalarlo al cotolengo.
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Las fuerzas armadas asumen el poder y abandonan también la ficción constitucional,
porque la Constitución vigente debe adaptarse al Estatuto de la Revolución emanado de la
comandancia de las tres armas. Las vestales de la Constitución, ahora ni se tapan el rostro con
las manos, ni se arrojan cenizas sobre el pelo (ésta es una ficción literaria, porque la mayoría son
peladas). Alguna, como ha dicho otro, es devorada por el Ministerio del Interior. El juez Botet, que
procesó a los legisladores peronistas por un supuesto acuerdo de facultades extraordinarias, es
funcionario de la nueva estructura jurídica que condiciona la Constitución al "dictat" de los
comandos. Allá ellos, que son los que sostenían que los pueblos son para las constituciones y no
las constituciones para los pueblos. No es problema mío ni de los que piensan como yo. Es un
problema de honradez intelectual que sólo a ellos se les plantea. El país está al margen.
Tampoco es problema de las Fuerzas Armadas.
* * *
La Revolución enuncia como objetivo fundamental de sus tareas, la modernización de las
estructuras, pero esto implica fatalmente la revisión de todos los supuestos de la Revolución
Libertadora; modernizar las estructuras supone sustituir estructuras, y la única estructura que se
puede sustituir modernamente es la del país viejo, conformado dentro de los límites de la
economía dependiente. Supone acelerar el desarrollo capitalista, y esto sólo es posible por la
industrialización y la diversificación de los mercados en lo interno, y la ampliación de los externos.
En lo social apareja acelerar la integración, levantando el nivel de las masas por la plena
ocupación que trae aparejada su actuación política, económica, social y técnica. Pero esto es
precisamente aquello a que se opone la estructura económica perimida.
La suerte de esta revolución está ligada a la conciencia que tenga de lo que significa la
función histórica que ha asumido.
Un publicista de mucha gracia dice que las revoluciones militares tienen tres etapas: La
víspera, el día siguiente, y el día menos pensado. Es una expresión humorística que contiene una
verdad incontrastable, aplicable al caso.
La voluntad de modernizar las estructuras pertenece a la etapa de la víspera; ahora
estamos en el día siguiente, que es una etapa de tanteos en la que la concepción teórica empieza
recién a percibir las posibilidades de su aplicabilidad y las fuerzas profundas que se oponen. El
día menos pensado ocurre cuando ya se tiene la carta de situación, como dicen les militares, y
hay que poner en ejecución el pensamiento de la víspera. O tirarlo al canasto de papeles donde
se acumulan las intenciones.
* * *
El país carece de élite conductora y la revolución militar significa que las Fuerzas Armadas
se constituyen en ella.
Si actúan como élite conductora, asumirán el papel que se han asignado en la víspera,
pero eso implica que deben resignarse a no contar con la unanimidad democrática que es una
máscara inconciliable con la tarea a cumplir: tendrán inevitablemente que chocar con las mismas
fuerzas que se han opuesto en lo interior y en lo exterior a todo proceso de modernización, y
serán dictadura, y también tiranía, porque eso no resulta de la mano fuerte o de la mano blanda,
sino de los intereses que se lesionan y disponen de toda la superestructura cultural para crear la
imagen política del gobierno. Frente a esas resistencias tendrán que buscar el apoyo de los
grandes sectores vinculados a la modernización del país, y esto también las caracterizará como
antidemocráticas, porque descubrirán que la democracia es una ficción que no debe trascender de
los límites convencionales establecidos por la vieja estructura. Al mismo tiempo tendrán que
defenderse de restauraciones aun más remotas que les propondrán aquellos a quienes el país
actual nunca les viene bien, porque en lugar de caminar hacia el futuro, fugan hacia un pasado
imaginario e imposible.
Las fuerzas de apoyo a la modernización del país no son hijas de una ideología, sino de la
realidad artificialmente contenida; están ahí y las etiquetas que las nominan no tienen importancia
porque los nombres son anécdotas y ellas son hijas de un hecho histórico cuya vigencia tampoco
depende de nombres sino de hechos.
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Si las Fuerzas Armadas entienden que vienen a cumplir la función de élite que está
vacante en el país, tienen un largo proceso para cumplir en el ejercicio de la modernización de las
estructuras. Si no lo cumplen, y no comprenden el paralelogramo de las fuerzas del que ellas son
una, en que la oportunidad histórica les ha dado la función de élite, sus días son cortos: el día
menos pensado no estará lejos, y las fuerzas del pasado celebrarán el espíritu civilista con que
retornarán a los cuarteles, recogiendo del cotolengo el traje que habían regalado.
* * *
Pero a las Fuerzas Armadas como tales, en su carácter específico se les plantea, mejor
dicho se han planteado ellas, una hipótesis que se refiere a su propio destino.
La República había renunciado a su grandeza. No tenía destino de potencia y eso llevaba
implícito que no había destino para las fuerzas armadas. Sin proyección internacional, a lo sumo
con una función apendicular en la hipótesis de un alineamiento mundial para la guerra, como
cuerpo expedicionario, las Fuerzas Armadas carecían de objetivo, al carecer de objetivo el país
mismo. Sin la finalidad básica de un pensamiento militar, este se transformaba en un pensamiento
policial; el instrumento de la soberanía devenía inevitablemente en solo instrumento del orden
interno: del orden interno de las viejas estructuras que se oponen a la modernización.
El simple enunciado de modernización de las estructuras importa ya una idea de potencia.
¿Quiere la Revolución que la Argentina sea potencia?
Sí; lo quiere. Y por eso enuncia su voluntad modernizadora. Esto significa plantear la
política del Estado desde un punto de vista totalmente inverso al de las fuerzas conservadoras,
que consideran que hemos llegado al límite de nuestras posibilidades y aceptan para el país un
papel secundario y declinante.
* * *
Pero no sólo en el orden interno hay fuerzas que se oponen a la modernización. En el
esquema internacional de las fuerzas imperiales, la Argentina tiene que seguir siendo un
proveedor de materias primas y es a nuestro vecino Brasil a quien se ha asignado el papel de
potencia industrial. Allí es donde debe hacerse la modernización de las estructuras, si es que esto
significa otra cosa que aumentar el número de rejas de los arados, la mejora por la genética, etc.,
en fin ampliar un poco los límites del país agropecuario. Para esto basta con la encomiable labor
del INTA, un buen manejo del crédito y... iba a decir una buena comercialización de la producción
agropecuaria, pero esto no está en los papeles de los asociados en ACIEL.
Para semejante viaje no hacen falta estas alforjas.
* * *
Ocurre así que buscando el país real y sus exigencias, las Fuerzas Armadas se
encuentran a sí mismas. Pensar el país en dimensión de potencia, le restaura a las Fuerzas
Armadas el sentido histórico de su misión específica que no es la que le asignaban los
"Regimientos de Empujadores" y los "Batallones de Animémonos y Vayan" de civilacos que
merodean por los cuarteles cuando el país real los descarta, y vuelven a merodear cuando
consideran que debe terminar la intervención de los mismos, para restablecerlos a ellos.
Hay que hacer de la Argentina una potencia y esa es la tarea que asume la élite.
Si la revolución asume la responsabilidad que se ha atribuido, no sólo se la va a combatir
de frente. La van a flanquear, y saber estas cosas del "medio pelo" puede ser muy interesante
para sus hombres. A medida que se asciende en todos los grados de la sociedad, la búsqueda del
prestigio es una legítima preocupación humana. Hay sucedáneos de la gloria y el honor de cumplir
con el deber que impone el culto de la verdadera personalidad.
En el principio del capítulo anterior he hablado del orgullo y de la vanidad haciendo un
cotejo entre los mismos. Ya se ha visto como a través de las pautas del prestigio social la
burguesía que se inicia con la modernización de nuestras estructuras traiciona su destino. He
mencionado en muchas oportunidades cómo la carrera de las armas fue marginada del status de
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la alta clase, a la que excepcionalmente tuvieron acceso los hombres de armas. Pero también la
alta clase con su fino sentido de su interés como tal, sabe abrir sus puertas ocasionalmente al
acceso de quienes no la constituyen, para por los cauces del prestigio social subordinarlos a sus
pautas, inculcándolas primero las de comportamiento, para inculcarles después las ideológicas.
Este contacto ocasional dura mientras es necesario, pero la asimilación se hace definitiva en el
''medio pelo" que es el resultado fatal de una ilusión frustrada.
Hablando de los medios de propaganda en 1945 y 1946, dije que los periódicos entraban
por la puerta de calle mientras "la voz maldita" de la radio entraba por la cocina y por las ventanas.
Ahora puede ocurrir al revés, y que las pautas destinadas a destruir la posible élite conductora de
la modernización de las estructuras, en lugar de entrar por la puerta de calle que ellos cierren,
entre subrepticiamente a través de los familiares que están menos defendidos por el sentido de la
misión.
* * *
List en su "Sistema de economía nacional" había ya teorizado las bases de la grandeza económica
y el movimiento del romanticismo alemán había generado el impulso sentimental tendiente a la constitución
de una nación poderosa. Pero las clases dominantes, una burguesía preindustrial, y sobre todo una nobleza
minimizada, conservadora de los privilegios vigentes en la anarquía del país atomizado por pequeños
reductos de intereses locales opuestos a la realización general, se aferraban a la imagen que corresponde a
la ideología de la "Patria Chica" entre nosotros. Correspondió a Bismarck la tarea de cumplir el cometido
exigido por la grandeza alemana desborda; do los pasos primarios del "zollverein" hasta lograr la unidad
alemana.
Lo que importa es señalar que esa política la cumplió apoyándose, frente a la incapacidad de la
nobleza y la burguesía, en los "junkers" del oeste alemán y en la formación militar nacida de su seno. Ante
la carencia de élites que cumplieran su papel la realizó improvisando la élite conductora con los elementos
teóricamente menos señalados para cumplir el desarrollo capitalista, y en los que la falta de la mentalidad
correspondiente fue suplida por la concepción nacional de la potencia: por una voluntad de destino nacional
de que las supuestas élites carecían y contra la cual actuaban negativamente. Paralelamente surgió un
poderoso movimiento socialista que realizó la integración nacional en las bases populares. De esa
conjunción operativa resultó la gran Alemania que pudo absorber en el proceso la contradicción ideológica
de las dos fuerzas con una resultante de interés general cuyo signo positivo expresó la potencialización germánica.
Hoy y aquí, podríamos llamar a ese proceso modernización de las estructuras absorbiendo los
contradictorios en las pautas comunes de la grandeza nacional, en cuyo amplio horizonte de Patria Grande
caben todas las contradicciones menos las que surgen de la aplicación de las pautas de la Patria Chica.
Frederick Clairmonte (Op. cit.) dice a este propósito: "Alemania, superpoblada y empobrecida a
comienzos de la tercera década del siglo, se encontraría subpoblada veinte años más tarde, viéndose
obligada a recurrir a las reservas de fuerza laboral de sus vecinos menos desarrollados. La superpoblación,
característico azote del subdesarrollo, había desaparecido".1 Pero nuestros liberales de la "Sociedad Rural"
y "ACIEL" como los ya citados Fano y Hueyo no pueden comprender que la superpoblación desaparece por
aumento de la receptividad, y sólo atinan a la fórmula de la "Patria Chica": adecuar la población a la
economía ya existente, es decir despoblando. Hipótesis de Patria Chica conforme a la cual Alemania
hubiera continuado siendo la miserable nación de que hablaba Voltaire, esa que Stahl —ministro de
finanzas de Austria— describía sarcásticamente como el conjunto "de esos territorios que figuran en los
mapas con el nombre de Alemania".
¿Esperaremos que sea así descripta la Argentina por el ministro de finanzas de algún vecino
poderoso?
* * *
Así he venido desde Juan de Garay a parar en esto que llamo "Conclusiones". He querido
mostrar en el transcurso de este libro, a cuyas últimas líneas llegas lector, si has tenido paciencia,
la gravitación que las pautas dominantes en una sociedad tienen sobre su destino. Esta es la
1 Conviene recordar aquí lo que dice el mismo autor al hablar de este desarrollo demográfico, y
cuáles fueron los factores que lo determinaron : "El zollverein, los ferrocarriles, el
intervencionismo estatal y la industrialización". Porque es inútil pensar la gran nación como un
sueño y reverenciar las ideas que la limitaron. (Te lo digo Juan, para que lo entiendas Pedro y
no intentes pescar... sin mojarte como corresponde).
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única función docente que tiene la historia: enseñarnos el presente y el futuro por lo que sucedió
ayer. Esa es la razón por la que se la falsificó sistemáticamente en nuestro país, oponiendo a una
historia de la política una "política de la historia" como lo digo en "Política nacional y Revisionismo
Histórico".
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